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jueves, 11 de febrero de 2016

Sandra 2º parte



Deliberó interiormente no sabía si seguir adelante o huir como una gacela por el bosque.
-Esto es una locura musitó.- Llevaba varias noches en los que sus sueños se poblaban de singulares personajes, vinculados todos ellos a dicho edificio. Tantas veces se habían repetido que finalmente había optado por acercarse a ese misterioso lugar, para averiguar si aquellas fantasías nocturnas pudieran tener algún tipo de corporeidad natural. Su respiración acelerada provocaba que sus senos se agitaran arriba y abajo, su perfumada piel canela estaba perlada levemente por el sudor.
Los rayos de sol acariciaban la aldaba con forma de caballo, despertando bellos reflejos de color dorado.
Extrañamente como si la puerta fuera consciente de la indecisión de su nueva visita optó por abrirse de forma amistosa, para que de esa forma ella pudiera erradicar sus temores.

Ante ella apareció una amplia sala, las paredes parecían recubiertas de un raro material, era una curiosa piedra de color dorada, con una inquietante luz interior que parecía vibrar levemente a cada paso que ella daba, como si su pétrea apariencia estuviera habitada por una singular vida interior. Atraída como por un curioso imán se acercó hasta una de las paredes, sus tacones resonaron graciosamente en la sala. Tras ella unos atractivos ojos se posaron sobre su sensual figura deleitándose secretamente al hacerlo...

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domingo, 29 de junio de 2014

Reseña sobre "La isla de las Vírgenes" de Flor Robertson





Hola hoy os traigo un nuevo libro que se titula “La isla de las Vírgenes” de  la escritora Flor Robertson. Este libro aúna varios temas que me atraen: el misterio, la magia y la sensualidad. La autora narra la historia de los nativos del sur de California. Dicho grupo fue expulsado tras una gran guerra en el pasado que se desarrolló en el norte, tras dicha contienda los vencidos fueron expulsados a vivir hacia el sur.
La escritora nos describe a través de sus palabras un mundo donde las mujeres y los hombres vivían en armonía con la madre naturaleza. Donde valores como la sabiduría y la valentía eran respetados por los miembros de la comunidad. Así que a través de ella conocí la estructura a través de la que se vertebraba la comunidad: Los sabios mayores encargados de la toma de importantes decisiones, la cuadrilla nocturna encargada de imbuir ciertos conocimientos sobre los más jóvenes y de vigilar el fuego nocturno, los valientes y enigmáticos hijos mayores considerados una elite por el resto del pueblo, un respeto que se habían ganado a pulso con su propio esfuerzo. Interesante ese curioso ritual secreto que sólo ellos conocían.
Me gusta la magia que genera esta autora el misterio no se desvela de forma brusca sino que nos va envolviendo poco a poco en un clima que nos seduce y nos atrapa progresivamente.  Me encantó la escena de la niebla plateada y el curioso aroma que subyugó a los nativos casi me pareció estar allí sumergida en la escena con ellos sintiendo aquel clima. Es interesante como tras pinceladas de color van surgiendo nuevos personajes mujeres sabias habitantes de una singular isla cuya perfección roza lo divino, plenamente integradas con la naturaleza. A destacar el dulce erotismo y la sensualidad de hombres y mujeres la libertad de sentir. La belleza en las descripciones, que son instantáneas de color esos cabellos adornados con plumas y caracolillos, la curiosa forma tenue y suave con la que ellas se muestran y danzan. Tiene facilidad para mostrarnos a los personajes tanto a nivel interior como a nivel exterior. Se adivina dicho interior por la forma en que dichos personajes se desenvuelven puede ser el aplomo al enunciar una frase por la fijeza de la mirada o quizás por la  turbación natural ante lo desconocido…. Atractivos interrogantes en el ambiente que se transmutan en adicción sobre el lector en querer averiguar que manos misteriosas eran las encargadas de adornar ese curioso palacio. En deducir el origen de las curiosas advertencias de las mujeres…
Cuando leo un libro por alguna extraña razón quedan sobre mi mente en relación a dicho libro determinadas impresiones visuales. Me gustaron esos caracolillos con los que ellas se adornaban, las luces e inciensos en el interior de  las vasijas. El desconcierto de esos hombres valientes ante las enigmáticas mujeres

Es un libro que te hace reflexionar y evolucionar, hay frases que se quedan sobre nuestras mentes en relación por ejemplo a lo efímera y lo perniciosa que es la soberbia… a vivir el momento en cuerpo y mente, la belleza de la libertad y de lo natural, el saber asumir los cambios… Lo recomiendo ha sido un libro muy interesante que me ha encantado, un placer haberlo leído.

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miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA LEYENDA DE LA PIEDRA NEGRA (SENSUAL)

Leyenda Sensual


LA LEYENDA DE LA PIEDRA NEGRA



Sara se quitó las pulseras de plata con lentitud. Estaba cansada, se miró unos instantes en el espejo del cuarto de baño y este le devolvió la imagen de una joven exhausta de cabello pelirrojo y alborotado que intentaba domar habitualmente sujetándoselo con una gruesa trenza que le caía hasta la mitad de la espalda.
De mirada inteligente y rasgos regulares, observo fijamente sus ojos claros y azules. Se sentía muy orgullosa de que estos poseyeran aquel singular color.
Poco a poco se fue despojando de la ropa. Primero se quitó aquellos vaqueros ajustados de color desgastado, que tanto favorecían su estilizada figura... Después la camisa de color verde, tras mirarse unos instantes complacida al verse tan seductora con aquella ropa interior de encaje negro se despojó de ella cadenciosamente y se introdujo en la ducha.
Su cuerpo dio un respingo al confundirse con el mando. Todo su cuerpo se arqueo tensándose por la impresión
-¡Maldita sea! - Bramó indignada, rápidamente corrigió su equivocación
Fue saboreando con placer como aquella agua tibia se deslizaba suavemente sobre su voluptuoso cuerpo. depositó una pequeña cantidad de gel sobre su mano y frotó sus cabellos finos y ondulados, su delicado cuello, sus generosos pechos. el vaho impregnaba los cristales de la ducha confiriéndole a la escena cierto halo mágico y sensual.
De súbito oyó unas extrañas voces a su espalda. Parecían hablar en un lenguaje antiguo, en una lengua ya muerta. entrelazados entre aquella amalgama de voces inextricables se fundían espectrales siseos. Notó como su corazón se aceleraba hasta valores insospechados. Salió torpemente de la ducha casi como un animal despavorido rompiendo al hacerlo uno de los cristales. Multitud de esquirlas de cristal cayeron a su alrededor




-AAAHHH – Chilló histérica arrodillada sobre el suelo intentando acallar aquellas voces de ultratumba que la estaban atormentando mientras se tapaba los oídos con ambas manos.
Misteriosamente aquel método funcionó, las espectrales y lúgubres voces desaparecieron con la misma rapidez que habían sojuzgado a su frágil equilibrio. Se incorporó lentamente, sin prestar apenas atención a sus rodillas que sangraban copiosamente a través de múltiples cortes. Se acercó hacia el espejo con la respiración entrecortada. Abrió el grifo del lavabo observando hipnotizada como fluía el agua a través de un débil hilillo. Levantó la mirada con la finalidad de observar su deplorable estado, con la peregrina idea de que al ver su propio rostro, todas las cosas volverían a la normalidad. Pero no fue su imagen la que este le devolvió, sino la de una enigmática mujer de piel blanca y cabellos oscuros que la llamaba por su nombre. Aquella voz le resultaba familiar no podía ver sus rasgos  faciales con claridad. Los límites de la realidad parecían difusos distorsionados, el espejo se asemejaba más a una ventana hacia otra dimensión
-¡Sara ayúdame Sara! – Le suplicó aquella mujer atormentada -¡Ayúdame Sara!- Volvió a implorar entre nieblas. La desconocida iba vestida con un vestido negro que parecía flotar ingrávido en el aire al igual que sus cabellos.
-¿Quien eres? ¿Qué  quie… quieres de mí? - Preguntó con voz entrecortada por el pánico, que esta le infundía. Al mismo tiempo Sara se iba alejando del espejo sin dejar de mirar fijamente aquella insólita aparición.
Justo en ese momento la joven se despertó bruscamente de aquel sueño. Paralizada por el horror tardó unos segundos en reorganizar su mente. Estaba sobre la cama de su dormitorio, su corazón le latía vertiginosamente.
Llevaba un camisón blanco y sencillo, estaba empapada en sudor de forma que en algunas zonas de su cuerpo la fina tela se le había adherido dejando translucir sus curvas y su atractiva piel canela. Poco a poco se fue serenando paulatinamente... Se repitió mentalmente que sólo había sido un sueño. Deslizo una de sus manos acariciando la suave sabana de color azul marino. El frescor y el perfume que esta emanaba la distendieron levemente. Inspiró profundamente varias veces.
En aquel momento sonó el teléfono.



Se incorporó rápidamente, iba descalza, esquivó a su mastín marrón que pretendía darle la bienvenida como casi todas las mañanas. Pero aquel, tenaz,  le bloqueo el paso varias veces hasta conseguir que su compañera humana le acariciara el lomo.
Después de unos inoportunos timbrazos saltó el contestador automático y tras este el consiguiente mensaje. Era el dueño de la casa ordenándole nuevamente bajo una patina de falsa amabilidad que a la mayor brevedad posible se pusiera al corriente de los pagos. Era  un hombre vulgar, alto enteco, de gestos desabridos y mirada fría similar a la de un caimán.
Sara miró a su alrededor inquieta, los techos altos las recias vigas de madera. Bajó la vista observando el suelo de gres marrón, sonrió al ver a su perro revolcarse como si fuera un cachorro por el suelo, ajeno a cualquier problema monetario.
Era un día radiante, el sol iluminaba la estancia y una suave brisa agitaba caprichosamente las finas cortinas de su dormitorio.
Algo llamó la atención de Sara, intrigada se acercó a la ventana. En su jardín alguien había colocado una especie de escultura negra de grandes dimensiones. No podía verla con claridad, ya que aún no se había colocado las lentillas. Dicha escultura brillaba bajo el sol como si estuviera bruñida, poseía cierto aire humanoide, sin embargo desde algunas zonas de su anatomía emergían  singulares formas lobuladas.
-¿Me estaré volviendo loca? – Se preguntó mentalmente. Cambio de parecer al percibir que un par de niñas observaban aquel extraño prodigio. Eran dos chicas rubias de unos 6 o 7 años estaban situadas frente aquella inusual estatua. La más bajita permanecía silenciosa agarraba con nerviosismo su bicicleta, mientras que la otra parecía estar hablando con alguien, ya que movía sus labios.
Sara se vistió vertiginosamente  despojándose de su camisón, se abrochó de forma desigual su blusa y se puso una falda vaquera corta. Bajó como una exhalación  por las escaleras  de madera. Cuando fue abrir la puerta principal comprobó extrañada que aquella estatua había desaparecido. Perpleja camino errática por el jardín para de algún modo poder confirmar con hechos sus extrañas visiones.
Frustrada se sentó sobre el césped, unos segundos más tarde reconoció a las dos niñas
-Hola – Dijo Sara sonriéndoles
-Hola – Dijeron las niñas casi al unísono, sin corresponder a su sonrisa.
-¿Puedo haceros unas preguntas?- Les preguntó con sinceridad.
Las niñas se miraron entre si de forma cómplice. Parecía como si aquella situación les divirtiera de alguna forma
-No tengo caramelos… pero tengo algo de…. -Agregó Sara buscando en sus bolsillos
-No necesitamos tus caramelos, ni tampoco tus monedas ¿Qué quieres saber? –Le contestó una de las niñas con un mohín de disgusto como si fuera una adulta ofendida.
-¿Visteis la escultura negra? - Las interrogó de nuevo. Las niñas volvieron a mirarse entre si y se cuchichearon algo al oído.
-Sí, la vimos. - Le contestó la niña. Sara tragó saliva, le sudaban las manos aquel diálogo parecía irreal. Una pregunta empezó a bosquejarse en su mente, pero no se atrevía a formularla por miedo a oír la respuesta.
-Estuve hablando con el señor de los sueños. - Comentó la niña como si pudiera oír sus pensamientos más recónditos. - No es la primera vez que hablo con él ¿Sabes? - Dijo al ver que Sara permanecía inmersa en un curioso mutismo. La niña  cogió una pequeña ramita del suelo.
Su pelo rubio refulgía bajo el sol,  su expresión parecía inocente a intervalos.
-¿Cuál crees que es su punto débil? – Le preguntó.
 Sara enarcó una ceja al oír sus palabras. Recorrió visualmente la breve ramita y señaló un determinado punto intermedio que parecía más quebradizo. La niña asintió como si fuera una profesora. - Nos caes bien, queremos volver a verte, recuérdalo. - Añadió
-Lo recordare – Repuso Sara confusa, con algo de zozobra reflejada en sus ojos, no sabía si estaba siendo objeto de la burla. Las niñas se alejaron y aquel aspecto hierático y solemne impropio de su edad desapareció dado que volvieron a jugar alegremente correteando por el césped.



La joven renegó con la cabeza, alejando con aquel simple gesto, todos los pensamientos alocados, todas las quimeras absurdas, que habían estado atormentando su mente. Aquellos sueños, simplemente habían sido pesadillas, nada más. Estaba sometida a mucha presión, en diferentes ámbitos de su vida.
Aquellas chiquillas, no eran más que un par de niñas traviesas. Si les hubiera preguntado si habían visto un elefante rosado, posiblemente también le hubieran seguido la corriente, con tal de divertirse durante un rato más, a expensas suya.
-Seré tonta – se recriminó a si misma a un paso  del portal de su casa. Extrajo la llave de su bolsillo y la introdujo lentamente. Se fijó en el barniz de la puerta parcialmente envejecido por el sol. Al instante le asaltaron todas las cosas que tenía pendientes… Hablar con el dueño de la casa, llamar a su novio que aún debía de estar enfadado con ella, por aquella nimiedad…
Inspiró profundamente intentando serenarse al hacerlo, notó un suave perfume a sándalo… Al abrir la puerta aquel aroma se hizo más intenso. Una densa oscuridad inundaba la casa. No podía vislumbrar los contornos de los muebles. Aquella visión, le produjo un estado de indefensión provocando que todos sus sentidos se pusieran alerta. Dio un paso hacia atrás para escapar de aquella situación. Angustiada oyó como unos seres invisibles cerraban la puerta tras de si. Las manos le temblaban mientras buscaba frenética entre sus bolsillos. Al dar con ella se giró bruscamente en dirección a la puerta. Un bulto en el suelo la hizo tropezarse, aquel emitió un lúgubre lamento de ultratumba.
Sara tanteo la puerta con las dos manos, pero aquella ya no tenía el antiguo tacto de madera. Sus manos estaban tocando una especie de puerta de piedra con abigarrados relieves, su textura era áspera, rugosa…
Una densa hiedra se proyectó sobre las paredes de la casa. Con la respiración entrecortada, Sara alzó la mirada hacia arriba, comprobando estupefacta que podía ver las estrellas. Unos rústicos hachones iluminaron misteriosamente la  estancia. De súbito se oyeron risas y música por doquier. Una multitud desconocida parecía disfrutar de una curiosa fiesta. Sus ropajes eran atípicos ligeros y  exóticos como si pertenecieran a otra época. Una amplia variedad de colores embellecían sus atuendos: dorados, negros, plateados, verdes, burdeos... Hacía calor… la joven se desabrochó un par de botones de la camisa. Unos bailarines irrumpieron en escena sus cuerpos musculados brillaban tenuemente bajo la luz de las antorchas. Danzaron al ritmo de la música bajo la luz de la luna. Sara hipnotizada siguió el desarrollo de la danza. Se fijó en sus torsos desnudos, sus dorsales, sus recios pectorales. En la sinuosa cadencia de sus movimientos varoniles. Sus pieles  de color canela parecían realzadas por sensuales aceites. Magnetizada y enfebrecida por la fuerza de los tambores se dejó llevar… dedujo que quizás todo aquello no fuera más que un simple sueño erótico. Sintió el deseo de unirse a la danza junto a ellos, aquel deseo fue en aumento, le urgía a liberarse de torpes ataduras, a ser una diosa de la danza… Al instante se vio transportada mágicamente hasta el centro de la sala. Todo parecía tan irreal, tan confuso…





Todas las miradas convergieron sobre ella. Su ropa informal se había esfumado, su nuevo atuendo era diametralmente diferente ahora. Una breve falda dorada, se adaptaba a sus caderas lánguidamente y una blusa de similares características, dejaba al descubierto su atractivo ombligo. Deslizó su mano sobre ese curioso e inusual  tejido. Era fino, emitía un leve fulgor. Notó un suave cosquilleo sobre las yemas de sus dedos al rozarlo. No parecía un material por ella conocido. Se asemejaba más a una  energía, que envolvía sinuosamente su cuerpo. Sugiriendo, en vez de ocultar. Unas diminutas piedras preciosas de color verde, adornaban blusa y falda caprichosamente.
Se escuchó una música de tambores, flautas e instrumentos inusitados… Junto a ella hombres y mujeres, comenzaron a bailar, bajo un ritmo salvaje.
Sara titubeo unos instantes, algo desorientada. Segundos después, la música fue apoderándose de su cuerpo, de nuevo. Sus caderas se movieron al ritmo desenfrenado de los tambores. Con cada giro que ella daba, dejaba al descubierto sus firmes y torneados muslos. Su cuerpo seguía una exótica coreografía, una antigua danza, de un remoto lugar… Sintió placer bajo sus pies, al pisar la fina y cálida arena, una y otra vez, sin importarle su procedencia. Deleitándose con cada momento, que aquella ocasión le brindaba.
Cuando la música hubo cesado, de entre la multitud surgió un hombre de cabello oscuro y ojos azules. Sus rasgos eran alargados. Alto, cautivador, avanzaba hacia ella, con una pícara sonrisa…  Llevaba el torso desnudo, la complexión de su anatomía era fuerte. Podría haber pasado por un bailarín más. La única prenda que portaba, era un pantalón largo, de color ambiguo. Ya que según incidía  la luz sobre el,  se asemejaba unas veces al negro y otras al gris antracita. Mientras, el público enardecido, reclamaba una actuación más.
-Bienvenida Sara – Dijo aquel desconocido. Sus ojos, parecían estar acariciándola con la mirada, su voz era agradable, de tono grave.
-Gracias ¿Quiénes sois? – Repuso ella, correspondiendo a su sonrisa. Se sentía atraída hacia aquel hombre. Su aspecto, su voz, no podía dejar de mirar sus ojos. De percibir su embriagador aroma de maderas del bosque, de almizcle…  que parecían magnetizarla. Su sola presencia le producía placer, dicho placer ascendía en oleadas desde su sexo incitándola  a algo más.
-¿Es este tu segundo deseo? – Susurró el desconocido. Acto seguido humedeció sus labios seductora y perezosamente con su lengua. Era consciente del poder que ejercía sobre su interlocutora. - Uhm…. No sería cortes, será el mío entonces…
- Agregó, pronunciadas dichas palabras, su pícara  sonrisa  se trocó en una mueca triste. Las púpilas de Sara se dilataron un poco más, sin saber que decir, guardó silencio.

 – Los que tienen la mala suerte de cruzarse en mi camino, me conocen como
el señor de lo sueños. Sin embargo yo fui un día, un simple mortal como tú. Mi vida era fácil, holgada era el primogénito de una familia poderosa. - Comenzó a narrar el desconocido. Sus ojos miraban más allá, como si pudieran contemplar un mundo, que ya sólo moraba en realidad, en sus recónditos recuerdos.
El clima era tenso, todos observaban guardando un silencio casi reverencial el nuevo desenlace de los acontecimientos. Dos jóvenes de mediana estatura se acercaron con cautela, eran bellas de rasgos proporcionados sus pieles brillaban tenuemente bajo sus ligeras túnicas blancas, poseían andares felinos. Sus cuerpos parecían haber sido untados, con aceites de suaves matices dorados. Llevaban dos copas de cristal, permanecieron sigilosas a unos escasos metros. Sara las miró interrogante, percibiendo al hacerlo, como ellas se hacían secretas confidencias de manera furtiva.
 –Todo lo que yo deseaba lo conseguía. Un aciago día fui demasiado osado en mis pretensiones. Robé un libro mágico, de los aposentos de mi padre, uno de los más renombrados magos de aquellos tiempos. Posteriormente fui creando mis propios conjuros, jugando con la vida y la muerte. Con el espacio y el tiempo. Aquella nueva afición se convirtió en un hábito para mí. Reconozco que alguna vez erré en mis cálculos.- Reanudó  su discurso exaltado tras una breve pausa, sus ojos brillaban con pasión. Sara seguía con atención cada palabra que brotaba de sus labios. Su corazón le latía cada vez más rápido. Hacía unos instantes, había desechado que dicha experiencia fuera un sueño. Quería escapar de allí, huir.  ¿Pero cómo?
Ajeno a los pensamientos de su silenciosa invitada continuó con su discurso. - A los oídos  de mi padre llegaron rumores de gentes envidiosas. En una ocasión, sus dudas se convirtieron en certezas. No valieron los ruegos, no sirvió de nada que yo fuera su hijo. Poseído por una ira vehemente me condenó.
- ¿Sólo por robar un libro de magia?- Indagó Sara, cuando el desconocido volvió a depositar su dulce mirada sobre ella. Ya no parecía el mismo hombre, ahora se mostraba abatido, atormentado por el sufrimiento.
-¿Sólo por robar un libro? No, no creo que fuera por aquella nimiedad.- Comentó con una triste ironía, dejando el ambiente enrarecido de incertidumbre.
El pánico inicial que Sara había sentido fue metamorfoseándose a su pesar, hacia otros derroteros. - Estoy condenado, atrapado dentro de esa maldita piedra negra. Cada cierto tiempo, cuando se dan unas determinadas conjunciones planetarias… La piedra emerge a la realidad, deteniendo su sombrío peregrinaje. En ese momento quedo libre y se me otorga  el poder de conceder tres deseos.
-¿Y toda esta gente que te acompaña? – Resaltó Sara, mientras contemplaba inquieta aquella multitud que permanecía vigilante. Él guardó silencio, Sara le sostuvo la mirada impaciente. Al cabo de unos segundos, los generosos labios de aquel desconocido, se convirtieron en el segundo foco de su atención. De manera fugaz cierta complicidad comenzó a fraguarse entre los dos
-¡Que curiosa eres!  Estas abusando de mi primer deseo. - Susurró el desconocido recobrando su original sonrisa. Aceptó una pequeña fuente plateada rebosante de uva negra, de las manos de una de las bailarinas, para ofrecérsela casi al instante  a su invitada.



Sara aceptó, cogiendo algunos granos de uva del racimo ofrecido. Saboreó con fruición aquel inesperado manjar, su delicada piel, que estallaba dentro de su boca, inundándola de frescor y dulzura. Se sonrojó ligeramente, al notarse fijamente observada por  el señor de los sueños.
-¿No me vais a contestar? – Le espetó, algo ofendida por el terco mutismo en que parecía haberse estacionado él. Tras un embarazoso silencio, con gesto taciturno, el señor de los sueños se vio forzado a responder.
-Todos los que ahora me acompañan, cometieron un error. Repitieron un deseo proferido en el pasado por otra persona. Sus vidas se detuvieron en aquel instante, se vieron obligados a seguirme. Dejando tras de si, familia, amantes y amigos. La única ventaja obtenida por ellos, es la de no envejecer.
Ahora tú, eres la que debe de revelarme su segundo deseo. Antes de que el sol se oculte, tras las montañas.- Le apremió. A su espalda emergió la misteriosa piedra negra. Sara estupefacta presenció como aquella se transfiguraba. Convirtiéndose finalmente en un sombrío trono oscuro, plagado de símbolos antiguos, inextricables para ella.
El señor de los sueños se sentó con naturalidad sobre el. Como si dicho ritual hubiera sido repetido hasta la saciedad.
-¿Cómo que mi segundo deseo? ¡Aún no te he comunicado el primero! -Exclamó inquieta… Le sudaban las manos, miró a su alrededor… Descubriendo al hacerlo, un público que parecía gozar con el espectáculo. Captó miradas cómplices, subrepticias sonrisas, burlas enmascaradas, comentarios emitidos a media voz. Sara supo leer entre líneas. La traviesa sonrisa del señor de los sueños la indignó. – Eso no fue un deseo…
-¿Estás segura de ello?- Repuso él, al tiempo que se removía en su trono. -Yo creo que si lo fue, aunque no lo pronunciaras de manera abierta. Capté otros   pensamientos tuyos… lástima que no fueran tan intensos.- Le reveló dibujando una tenue sonrisa sobre su rostro. - Debes decirme 2 deseos más, antes de que el sol se oculte tras las montañas, si no te veras obligada a compartir mi destino.
-¡Pero si ya es de noche, mira las estrellas! –Objetó Sara alzando la vista.
-Ah eso… no es nada, sólo es una ambientación teatral. ¡Mira! ¿Ves? –Le aclaró haciendo que la oscuridad se trocara en luz, con un  simple gesto de su mano. - Yo personalmente prefiero la oscuridad, la luz de las estrellas. – Agregó, provocando que la noche volviera a retornar.
-Un alud de pensamientos caóticos se agolparon sobre la mente de Sara. La joven  permanecía  ahora silenciosa, en el centro de la sala. Bajo el implacable análisis de todos aquellos extraños. Recordó las palabras de la niña “Busca su punto débil…” Pero… ¿Cómo juzgar a alguien a quien apenas se conoce?
-Necesito reflexionar….
-Haces bien. Te abriré un pequeño portal hacia tu realidad. Para que observes con atención como se acerca tu sol al ocaso. - Acto seguido susurró un conjuro hacia una de las paredes. Las hojas de las hiedras se retiraron fieles a su mandato. Los sólidos muros de su casa se volvieron transparentes. El señor de los sueños había creado una pequeña ventana al exterior, desde la cual poder observar el implacable discurrir del tiempo…



Sin darse apenas cuenta de lo que hacía… Anheló saber, lo hizo con tal intensidad que le fue concedido su segundo deseo. Un alubión de imágenes arribaron a su mente. Escenas de otros tiempos, de lugares lejanos exóticos. La vida del señor de los sueños discurrió ante sus ojos. Desde su niñez, hasta convertirse en un adulto ya formado. Vio a un niño de tierna edad, enfrentarse a las aguas embravecidas, para salvar a un pequeño cachorro. Lo descubrió valiente, gallardo junto a sus soldados, defendiendo sus tierras. Cuando volvió en si, Sara se dio cuenta de que estaba llorando en silencio. Emocionada profundamente, por los sentimientos que la habían embargado hacía tan sólo unos instantes.
El señor de los sueños se levantó, muchos intentaron distraerlo con sus diálogos banales. Él los obvió deliberadamente. Sin embargo, su comportamiento no estaba basado en la altanería. Simplemente estaba hechizado por aquella mujer, que había irrumpido en su vida. Cuando llegó ante su presencia la miró con dulzura, acarició con delicadeza su mejilla con el dorso de su mano.
-No llores por mí, no merezco tus lágrimas. - Le susurró el señor de los sueños a escasos centímetros de sus oídos. –Aléjate de mí, no quiero arrastrarte a esta vida errante. - Añadió apesadumbrado. Su voz grave y seductora reverberó caprichosamente sobre su cuerpo. Provocando una reacción inusitada sobre su ser.
-No digas nada más – Le advirtió Sara, colocando traviesamente su dedo índice sobre su boca, para que este se callara. Él sorprendido bosquejo una sonrisa. Ella le acarició la nuca sus dedos se enredaron en el nacimiento de su pelo.
-No me quieres escuchar… – Murmuró el señor de los sueños confuso y excitado al notar la tersura de sus pechos sobre su piel.
-No – Susurró ella, después humedeció sus labios. Sus mejillas arreboladas le conferían si cabe aún más belleza. El color de sus labios parecía ahora iluminado, por un suave tinte color burdeos. Acto seguido deslizó sus dedos sobre la boca de él, recorriéndola sinuosamente ejerciendo una leve presión. Sintiendo con deleite su volumen, su carnosidad, su cercanía, su aroma y su respiración.  Ella exploró sus dorsales, sus hombros, sus pectorales, sembrando de besos su fuerte anatomía.
Las manos de él descendieron por su espalda, bajando lentamente hasta desembocar en el talle de su delicada cintura. Luego besó sus  hombros, primero uno luego el otro eran cálidos. Desde la base de su cuello fue ascendiendo hasta sus labios alternando al hacerlo besos y suaves mordiscos. Entreabrió su blusa y  lamió sus pechos jugueteando con sus  sonrosados pezones pequeños y prietos. Cada vez que este la besaba oleadas de placer estremecían su cuerpo provocando ahogados gemidos,  que lo instaban a seguir descubriéndolo.  La pasión los fue envolviendo… se besaron una y otra vez olvidándose de todo.
-Ven conmigo – Le dijo el señor de los sueños mientras le ofrecía su mano. Ella la aceptó  cogiéndolo después  por la cintura. La condujo hasta un lugar paradisiaco. Ya no estaban rodeados de extraños, amándose. Ya no se oían respiraciones entrecortadas y risas por doquier. Tan sólo estaban ellos, era un día de primavera, una brisa  mecía sutilmente los cabellos de Sara. El aire estaba saturado de aromas de yodo y salitre. Los dos iban descalzos, aproximándose gradualmente hacia una pequeña cala.
-Es mi lugar preferido – Le reveló él, describiendo un gracioso y elegante arco que asemejaba abarcar el lugar.
-¡Es maravilloso! –Exclamó ella. Le sorprendió la ubérrima naturaleza. El agua era transparente, se podía ver con claridad diáfana,  las diminutas y coloridas piedrecillas del fondo…





De súbito un breve pensamiento ensombreció la actitud de la joven
-¿Por qué me has traído hasta aquí?- Preguntó inquieta
-Quería hablar contigo…. – Le aclaró lacónicamente
-Yo en cambio, preferiría seguir amándote  – Objetó Sara con picardía, depositando un lento y generoso beso sobre sus labios. Este es un lugar idóneo para ello – Agregó de forma seductora.
-Ahora no…. Pero cuando se acabe el tiempo estipulado, te arrepentirás de no haber aprovechado tu oportunidad. - Le advirtió el señor de los sueños mientras le acariciaba unos mechones de su rebelde cabello.
 El agradable entorno que los había acogido comenzó a perder corporeidad retornando a su anterior aspecto. Los dos volvían a estar de nuevo dentro de la gran sala.
-¡No otra vez no! – Bramaban algunos hombres y mujeres desesperados… Al comprobar que su apariencia física comenzaba a difuminarse en el aire. Siendo arrastrados hacia el centro de la piedra negra de forma ineluctable. Como si esta en verdad, fuera un curioso y singular vórtice.
Sara se sintió mareada, antes sus ojos la gente se transformaba en meros jirones de energía. Vio caras desconocidas transfiguradas por el horror gritando, otros en cambio aceptaban su sino en silencio resignados.
Aquella situación era injusta, nadie  merecía semejante castigo…Pensó Sara
Un ligero temblor sacudió su cuerpo Tenía miedo de verse doblegada hacia ese triste final. No era lo que ella se había imaginado… El corazón le latía desenfrenado. Su rostro estaba  lívido por el horror. Consciente de su situación intentó serenarse para superar la adversidad... No podía repetir ningún deseo anterior, debía de ser original, decir  algo que nadie hubiera anhelado antes.
<<Deseo no haberte conocido nunca.>> Pensó vertiginosamente, descartando aquella idea al instante. No podía traicionarse a si misma, ya que lo amaba... Además decenas de hombres y mujeres ya habrían proferido dicho deseo en el pasado. La piedra negra cumplía sigilosamente su labor de manera implacable en  un segundo plano. El 80% de los que anteriormente habían abarrotado la sala  ya no estaban.
-¿Lo sabes ya?- Indagó con preocupación el señor de los sueños. – ¡Ya no queda tiempo! – Exclamó angustiando en un punto más álgido a su compañera.
Una luz comenzó a dibujarse en su mente. Recordó las palabras de aquella niña  “Su punto débil….”
Miró de nuevo a su alrededor. Perpleja  comprobó que solamente quedaban ellos.
El señor de los sueños la abrazó con dulzura. Una honda tristeza se reflejaba en su semblante conciente de lo que iba a ocurrir. El cuerpo de él comenzó a desvanecerse ante sus  ojos. Sin embargo algo brotó de sus labios, palabras que resultaron inextricables a sus oídos.
-¡No! - Gritó desesperada al ver el terrible trance en el que se hallaba su amado. – ¡No! – Volvió a gritar llorando entrecortadamente, cayendo al suelo impotente y desmadejada como una muñeca rota.
 A pesar de todo la luz del raciocinio pugnaba por abrirse paso a través
de su mente  atormentada.
-¡Ya sé cual es mi deseo! – Gritó hacia la estancia vacía mientras se incorporaba.
-¿En serio? ¿Y cuál es tu anhelo más profundo? Pobre mortal…. - Repuso una voz de ultratumba.
Sara contempló con osadía a la sombra negra que se iba proyectando sobre su cuerpo envolviéndola. Reclamándola como un animal depredador  acecha a su presa ante otros rivales. No obstante hubo un momento durante el cual el  ente oscuro aflojó parcialmente  la presión ejercida sobre su cuerpo…

-¡Sé quien eres! – Exclamó la joven.
-Ja ja ja – Rió la sombra negra. -Umm…. Veremos… – Replicó jactancioso seguro de su poder.
El frío atenazó el cuerpo de Sara pese a ello la joven se encaró  hacia el espectro situado  frente a ella. Obvió sus  afilados comentarios que pretendían menoscabar su espíritu.
-Creo que sólo estas intentando ganar unos pocos segundos de vida. - Opinó la sombra agarrando su mano con violencia. Riéndose  después  al leer el pánico reflejado sobre su semblante. Era este un miedo  primitivo. Brotaba salvaje al presenciar impotente  cómo su cuerpo se iba disolviendo parcialmente de manera incomprensible.
-¡Usted  es su padre el hombre que lo maldijo! – Le reprochó Sara. La joven estaba agotada, cada palabra emitida por su garganta le suponía un enorme esfuerzo. El espectro detuvo su avance. A su vez el cuerpo de Sara recobró su carnalidad  perdida. Se sintió  parcialmente aliviada, ya que el terror aún seguía oprimiendo su cuerpo. Había aceptado y desechado múltiples deseos, se sentía desorientada confusa…
-Así es Sara – Aseveró el espectro, demostrando al hablar cierta vacilación,  parecía sentirse contrariado.
-¡Deseo que vuestro talento sea grande en el pasado! - Pronunciadas dichas palabras el espectro desapareció vertiginosamente de su campo visual. Al igual que  el contenido foráneo que había invadido su casa. Sin embargo algunas volutas… o jirones de luz fueron más perezosos para emprender su partida. Se quedaron suspendidos en el aire tan sólo unos segundos más… Para correr finalmente el mismo destino.
El sabor de la victoria le resultó agrio. Todo había vuelto a la normalidad, ya no había ninguna piedra negra en el centro de la sala, ni tampoco misteriosas hiedras que treparan por sus paredes sinuosamente. La puerta había recobrado su apariencia…
La joven se sentó sobre el sofá azul, dejándose caer abatida. A sus pies dormía placidamente su perro. Dos pitidos de su móvil la volvieron con rudeza a la realidad. Escuchó su buzón de voz con apatía. Era su novio posponiendo una vez más la cita acordada con una nueva excusa,  si cabe aún más absurda que la anterior. Quizás fuera cierto lo que algunos le habían advertido…. Decían que salía con otra mujer… Sara inspiró profundamente pensó en llamar a algunas de sus amigas y narrarles todo lo que le había acontecido. Vaciló ante el teléfono negro que estaba situado frente a ella sobre la  pequeña mesa de cristal, sin saber que decisión tomar. Finalmente desechó  aquella idea ya que supuso que habría demasiadas posibilidades de ser tildada de loca.
Unos fuertes golpes sesgaron la tranquilidad de la noche.
-¡Que salvaje! ¿No sabrá que hay timbres? - Espetó indignada hacia un oyente imaginario.
La ira que se había apoderado de su mente se tornó en alegría al abrir la puerta. Era el señor de los sueños.
-¿Por qué llamas a las puertas si eres mago?- Bromeo Sara
-Por guardar las formas. – Comentó él al tiempo que la abrazaba.
-¿Cómo lo lograste? – Indagó ansioso por saber la razón de su comportamiento. Besó su frente  después su boca con placer recreándose en el volumen de sus seductores labios  una y otra vez mientras  acariciaba su rebelde cabello y su voluptuoso cuerpo. Acto seguido los dos franquearon el umbral de la casa.
-Supe que tu padre había sido un famoso mago en otro tiempo. –Comenzó a narrar la joven. - Pero deduje que a pesar de ello él no había sido brillante como tú. Su maestría se debía a su gran perseverancia y a su dedicación. Si él hubiera poseído el talento necesario, no se habría quedado atrapado dentro de su propia maldición. –Opinó Sara mirando fijamente al señor de los sueños, que mostraba una expresión casi glacial. – El castigo fue desproporcionado. La ira se apoderó de su mente al comprobar que era superado con facilidad  por un joven aún inexperto. Alguien que era capaz de crear conjuros superiores a los suyos. Tuvo envidia de ti y esta lo arrastró a la demencia a la sinrazón maldiciéndote para liberarse de tu presencia. - Le confesó de forma precipitada, extrañada por su curioso mutismo y por la expresión de su rostro. -¿Estás bien?
-Sí estoy bien. – Le contestó tras una ligera pausa. - He llegado a conocer a cientos de hombres y mujeres a lo largo de los siglos. Ninguno de ellos mostró el más mínimo interés ni por mí ni por el resto de mis compañeros de viaje. Tú fuiste la primera eres única- Le confesó, ella le sonrió complacida. Justo en el momento  en que iba a corresponder a sus palabras el colocó   traviesamente su dedo pulgar sobre sus turgentes labios sintiendo  al hacerlo su delicada piel. –Espera tengo de sed de tus labios. - Añadió desconcertándola, ella se ruborizó  ligeramente, no obstante se acercó un poco más.
-Yo también – Le respondió  ella depositando un cadencioso beso sobre su boca.
-Ummm… Dime una cosa…. -Comentó Sara
- ¿Qué quieres saber?- Indagó él a su espalda retirando su cabello a un lado para besar su cuello.
 Mientras el mastin de la joven rezongaba molesto por el visitante. Permanecía alerta a cierta distancia. Ladrándole en algunas ocasiones de forma aleatoria, recordándole que era  un extraño.
-Si tú también podías pedir tres deseos… ¿Por qué no te liberaste? - Opinó Sara girándose hacia él.
-Pude metamorfosear la maldición de mi padre pero no anularla. Sólo una persona proveniente del exterior podía romper el maleficio esas eran las reglas.  Mis deseos estaban limitados sesgados hasta cierto punto, eran débiles. Debía cumplir las condiciones establecidas… - Le aclaró observando como la joven asimilaba sus palabras.
-No te pude oír… ¿Qué fue lo que dijiste en el último instante?
-Utilicé un lenguaje arcano y antiguo. Mis palabras fueron “Deseo volver junto a mi amada.” - Se sinceró abrazándola después con pasión.


© 2012 D. Edelweiss 

viernes, 11 de mayo de 2012

La leyenda de la piedra negra (10ªparte,final)





-¡Sé quien eres! – Exclamó la joven.
-Ja ja ja – Rió la sombra negra. -Umm…. Veremos… – Replicó jactancioso seguro de su poder.
El frío atenazó el cuerpo de Sara pese a ello la joven se encaró  hacia el espectro situado  frente a ella. Obvió sus  afilados comentarios que pretendían menoscabar su espíritu.
-Creo que sólo estas intentando ganar unos pocos segundos de vida. - Opinó la sombra agarrando su mano con violencia. Riéndose  después  al leer el pánico reflejado sobre su semblante. Era este un miedo  primitivo. Brotaba salvaje al presenciar impotente  cómo su cuerpo se iba disolviendo parcialmente de manera incomprensible.
-¡Usted  es su padre el hombre que lo maldijo! – Le reprochó Sara. La joven estaba agotada, cada palabra emitida por su garganta le suponía un enorme esfuerzo. El espectro detuvo su avance. A su vez el cuerpo de Sara recobró su carnalidad  perdida. Se sintió  parcialmente aliviada, ya que el terror aún seguía oprimiendo su cuerpo. Había aceptado y desechado múltiples deseos, se sentía desorientada confusa…
-Así es Sara – Aseveró el espectro, demostrando al hablar cierta vacilación,  parecía sentirse contrariado.
-¡Deseo que vuestro talento sea grande en el pasado! - Pronunciadas dichas palabras el espectro desapareció vertiginosamente de su campo visual. Al igual que  el contenido foráneo que había invadido su casa. Sin embargo algunas volutas… o jirones de luz fueron más perezosos para emprender su partida. Se quedaron suspendidos en el aire tan sólo unos segundos más… Para correr finalmente el mismo destino.
El sabor de la victoria le resultó agrio. Todo había vuelto a la normalidad, ya no había ninguna piedra negra en el centro de la sala, ni tampoco misteriosas hiedras que treparan por sus paredes sinuosamente. La puerta había recobrado su apariencia…
La joven se sentó sobre el sofá azul, dejándose caer abatida. A sus pies dormía placidamente su perro. Dos pitidos de su móvil la volvieron con rudeza a la realidad. Escuchó su buzón de voz con apatía. Era su novio posponiendo una vez más la cita acordada con una nueva excusa,  si cabe aún más absurda que la anterior. Quizás fuera cierto lo que algunos le habían advertido…. Decían que salía con otra mujer… Sara inspiró profundamente pensó en llamar a algunas de sus amigas y narrarles todo lo que le había acontecido. Vaciló ante el teléfono negro que estaba situado frente a ella sobre la  pequeña mesa de cristal, sin saber que decisión tomar. Finalmente desechó  aquella idea ya que supuso que habría demasiadas posibilidades de ser tildada de loca.
Unos fuertes golpes sesgaron la tranquilidad de la noche.
-¡Que salvaje! ¿No sabrá que hay timbres? - Espetó indignada hacia un oyente imaginario.
La ira que se había apoderado de su mente se tornó en alegría al abrir la puerta. Era el señor de los sueños.
-¿Por qué llamas a las puertas si eres mago?- Bromeo Sara
-Por guardar las formas. – Comentó él al tiempo que la abrazaba.
-¿Cómo lo lograste? – Indagó ansioso por saber la razón de su comportamiento. Besó su frente  después su boca con placer recreándose en el volumen de sus seductores labios  una y otra vez mientras  acariciaba su rebelde cabello y su voluptuoso cuerpo. Acto seguido los dos franquearon el umbral de la casa.
-Supe que tu padre había sido un famoso mago en otro tiempo. –Comenzó a narrar la joven. - Pero deduje que a pesar de ello él no había sido brillante como tú. Su maestría se debía a su gran perseverancia y a su dedicación. Si él hubiera poseído el talento necesario, no se habría quedado atrapado dentro de su propia maldición. –Opinó Sara mirando fijamente al señor de los sueños, que mostraba una expresión casi glacial. – El castigo fue desproporcionado. La ira se apoderó de su mente al comprobar que era superado con facilidad  por un joven aún inexperto. Alguien que era capaz de crear conjuros superiores a los suyos. Tuvo envidia de ti y esta lo arrastró a la demencia a la sinrazón maldiciéndote para liberarse de tu presencia. - Le confesó de forma precipitada, extrañada por su curioso mutismo y por la expresión de su rostro. -¿Estás bien?
-Sí estoy bien. – Le contestó tras una ligera pausa. - He llegado a conocer a cientos de hombres y mujeres a lo largo de los siglos. Ninguno de ellos mostró el más mínimo interés ni por mí ni por el resto de mis compañeros de viaje. Tú fuiste la primera eres única- Le confesó, ella le sonrió complacida. Justo en el momento  en que iba a corresponder a sus palabras el colocó   traviesamente su dedo pulgar sobre sus turgentes labios sintiendo  al hacerlo su delicada piel. –Espera tengo de sed de tus labios. - Añadió desconcertándola, ella se ruborizó  ligeramente, no obstante se acercó un poco más.
-Yo también – Le respondió  ella depositando un cadencioso beso sobre su boca.
-Ummm… Dime una cosa…. -Comentó Sara
- ¿Qué quieres saber?- Indagó él a su espalda retirando su cabello a un lado para besar su cuello.
 Mientras el mastin de la joven rezongaba molesto por el visitante. Permanecía alerta a cierta distancia. Ladrándole en algunas ocasiones de forma aleatoria, recordándole que era  un extraño.
-Si tú también podías pedir tres deseos… ¿Por qué no te liberaste? - Opinó Sara girándose hacia él.
-Pude metamorfosear la maldición de mi padre pero no anularla. Sólo una persona proveniente del exterior podía romper el maleficio esas eran las reglas.  Mis deseos estaban limitados sesgados hasta cierto punto, eran débiles. Debía cumplir las condiciones establecidas… - Le aclaró observando como la joven asimilaba sus palabras.
-No te pude oír… ¿Qué fue lo que dijiste en el último instante?
-Utilicé un lenguaje arcano y antiguo. Mis palabras fueron “Deseo volver junto a mi amada.” - Se sinceró abrazándola después con pasión.


jueves, 3 de mayo de 2012

(Completa) La leyenda de la piedra negra


LA LEYENDA DE LA PIEDRA NEGRA





Sara se quitó las pulseras de plata con lentitud. Estaba cansada, se miró unos instantes en el espejo del cuarto de baño y este le devolvió la imagen de una joven exhausta de cabello pelirrojo y alborotado que intentaba domar habitualmente sujetándoselo con una gruesa trenza que le caía hasta la mitad de la espalda.
De mirada inteligente y rasgos regulares, observo fijamente sus ojos claros y azules. Se sentía muy orgullosa de que estos poseyeran aquel singular color.
Poco a poco se fue despojando de la ropa. Primero se quitó aquellos vaqueros ajustados de color desgastado, que tanto favorecían su estilizada figura... Después la camisa de color verde, tras mirarse unos instantes complacida al verse tan seductora con aquella ropa interior de encaje negro se despojó de ella cadenciosamente y se introdujo en la ducha.
Su cuerpo dio un respingo al confundirse con el mando. Todo su cuerpo se arqueo tensándose por la impresión
-¡Maldita sea! - Bramó indignada, rápidamente corrigió su equivocación
Fue saboreando con placer como aquella agua tibia se deslizaba suavemente sobre su voluptuoso cuerpo. depositó una pequeña cantidad de gel sobre su mano y frotó sus cabellos finos y ondulados, su delicado cuello, sus generosos pechos. el vaho impregnaba los cristales de la ducha confiriéndole a la escena cierto halo mágico y sensual.
De súbito oyó unas extrañas voces a su espalda. Parecían hablar en un lenguaje antiguo, en una lengua ya muerta. entrelazados entre aquella amalgama de voces inextricables se fundían espectrales siseos. Notó como su corazón se aceleraba hasta valores insospechados. Salió torpemente de la ducha casi como un animal despavorido rompiendo al hacerlo uno de los cristales. Multitud de esquirlas de cristal cayeron a su alrededor




-AAAHHH – Chilló histérica arrodillada sobre el suelo intentando acallar aquellas voces de ultratumba que la estaban atormentando mientras se tapaba los oídos con ambas manos.
Misteriosamente aquel método funcionó, las espectrales y lúgubres voces desaparecieron con la misma rapidez que habían sojuzgado a su frágil equilibrio. Se incorporó lentamente, sin prestar apenas atención a sus rodillas que sangraban copiosamente a través de múltiples cortes. Se acercó hacia el espejo con la respiración entrecortada. Abrió el grifo del lavabo observando hipnotizada como fluía el agua a través de un débil hilillo. Levantó la mirada con la finalidad de observar su deplorable estado, con la peregrina idea de que al ver su propio rostro, todas las cosas volverían a la normalidad. Pero no fue su imagen la que este le devolvió, sino la de una enigmática mujer de piel blanca y cabellos oscuros que la llamaba por su nombre. Aquella voz le resultaba familiar no podía ver sus rasgos  faciales con claridad. Los límites de la realidad parecían difusos distorsionados, el espejo se asemejaba más a una ventana hacia otra dimensión
-¡Sara ayúdame Sara! – Le suplicó aquella mujer atormentada -¡Ayúdame Sara!- Volvió a implorar entre nieblas. La desconocida iba vestida con un vestido negro que parecía flotar ingrávido en el aire al igual que sus cabellos.
-¿Quien eres? ¿Qué  quie… quieres de mí? - Preguntó con voz entrecortada por el pánico, que esta le infundía. Al mismo tiempo Sara se iba alejando del espejo sin dejar de mirar fijamente aquella insólita aparición.
Justo en ese momento la joven se despertó bruscamente de aquel sueño. Paralizada por el horror tardó unos segundos en reorganizar su mente. Estaba sobre la cama de su dormitorio, su corazón le latía vertiginosamente.
Llevaba un camisón blanco y sencillo, estaba empapada en sudor de forma que en algunas zonas de su cuerpo la fina tela se le había adherido dejando translucir sus curvas y su atractiva piel canela. Poco a poco se fue serenando paulatinamente... Se repitió mentalmente que sólo había sido un sueño. Deslizo una de sus manos acariciando la suave sabana de color azul marino. El frescor y el perfume que esta emanaba la distendieron levemente. Inspiró profundamente varias veces.
En aquel momento sonó el teléfono.



Se incorporó rápidamente, iba descalza, esquivó a su mastín marrón que pretendía darle la bienvenida como casi todas las mañanas. Pero aquel, tenaz,  le bloqueo el paso varias veces hasta conseguir que su compañera humana le acariciara el lomo.
Después de unos inoportunos timbrazos saltó el contestador automático y tras este el consiguiente mensaje. Era el dueño de la casa ordenándole nuevamente bajo una patina de falsa amabilidad que a la mayor brevedad posible se pusiera al corriente de los pagos. Era  un hombre vulgar, alto enteco, de gestos desabridos y mirada fría similar a la de un caimán.
Sara miró a su alrededor inquieta, los techos altos las recias vigas de madera. Bajó la vista observando el suelo de gres marrón, sonrió al ver a su perro revolcarse como si fuera un cachorro por el suelo, ajeno a cualquier problema monetario.
Era un día radiante, el sol iluminaba la estancia y una suave brisa agitaba caprichosamente las finas cortinas de su dormitorio.
Algo llamó la atención de Sara, intrigada se acercó a la ventana. En su jardín alguien había colocado una especie de escultura negra de grandes dimensiones. No podía verla con claridad, ya que aún no se había colocado las lentillas. Dicha escultura brillaba bajo el sol como si estuviera bruñida, poseía cierto aire humanoide, sin embargo desde algunas zonas de su anatomía emergían  singulares formas lobuladas.
-¿Me estaré volviendo loca? – Se preguntó mentalmente. Cambio de parecer al percibir que un par de niñas observaban aquel extraño prodigio. Eran dos chicas rubias de unos 6 o 7 años estaban situadas frente aquella inusual estatua. La más bajita permanecía silenciosa agarraba con nerviosismo su bicicleta, mientras que la otra parecía estar hablando con alguien, ya que movía sus labios.
Sara se vistió vertiginosamente  despojándose de su camisón, se abrochó de forma desigual su blusa y se puso una falda vaquera corta. Bajó como una exhalación  por las escaleras  de madera. Cuando fue abrir la puerta principal comprobó extrañada que aquella estatua había desaparecido. Perpleja camino errática por el jardín para de algún modo poder confirmar con hechos sus extrañas visiones.
Frustrada se sentó sobre el césped, unos segundos más tarde reconoció a las dos niñas
-Hola – Dijo Sara sonriéndoles
-Hola – Dijeron las niñas casi al unísono, sin corresponder a su sonrisa.
-¿Puedo haceros unas preguntas?- Les preguntó con sinceridad.
Las niñas se miraron entre si de forma cómplice. Parecía como si aquella situación les divirtiera de alguna forma
-No tengo caramelos… pero tengo algo de…. -Agregó Sara buscando en sus bolsillos
-No necesitamos tus caramelos, ni tampoco tus monedas ¿Qué quieres saber? –Le contestó una de las niñas con un mohín de disgusto como si fuera una adulta ofendida.
-¿Visteis la escultura negra? - Las interrogó de nuevo. Las niñas volvieron a mirarse entre si y se cuchichearon algo al oído.
-Sí, la vimos. - Le contestó la niña. Sara tragó saliva, le sudaban las manos aquel diálogo parecía irreal. Una pregunta empezó a bosquejarse en su mente, pero no se atrevía a formularla por miedo a oír la respuesta.
-Estuve hablando con el señor de los sueños. - Comentó la niña como si pudiera oír sus pensamientos más recónditos. - No es la primera vez que hablo con él ¿Sabes? - Dijo al ver que Sara permanecía inmersa en un curioso mutismo. La niña  cogió una pequeña ramita del suelo.
Su pelo rubio refulgía bajo el sol,  su expresión parecía inocente a intervalos.
-¿Cuál crees que es su punto débil? – Le preguntó.
 Sara enarcó una ceja al oír sus palabras. Recorrió visualmente la breve ramita y señaló un determinado punto intermedio que parecía más quebradizo. La niña asintió como si fuera una profesora. - Nos caes bien, queremos volver a verte, recuérdalo. - Añadió
-Lo recordare – Repuso Sara confusa, con algo de zozobra reflejada en sus ojos, no sabía si estaba siendo objeto de la burla. Las niñas se alejaron y aquel aspecto hierático y solemne impropio de su edad desapareció dado que volvieron a jugar alegremente correteando por el césped.


La joven renegó con la cabeza, alejando con aquel simple gesto, todos los pensamientos alocados, todas las quimeras absurdas, que habían estado atormentando su mente. Aquellos sueños, simplemente habían sido pesadillas, nada más. Estaba sometida a mucha presión, en diferentes ámbitos de su vida.
Aquellas chiquillas, no eran más que un par de niñas traviesas. Si les hubiera preguntado si habían visto un elefante rosado, posiblemente también le hubieran seguido la corriente, con tal de divertirse durante un rato más, a expensas suya.
-Seré tonta – se recriminó a si misma a un paso  del portal de su casa. Extrajo la llave de su bolsillo y la introdujo lentamente. Se fijó en el barniz de la puerta parcialmente envejecido por el sol. Al instante le asaltaron todas las cosas que tenía pendientes… Hablar con el dueño de la casa, llamar a su novio que aún debía de estar enfadado con ella, por aquella nimiedad…
Inspiró profundamente intentando serenarse al hacerlo, notó un suave perfume a sándalo… Al abrir la puerta aquel aroma se hizo más intenso. Una densa oscuridad inundaba la casa. No podía vislumbrar los contornos de los muebles. Aquella visión, le produjo un estado de indefensión provocando que todos sus sentidos se pusieran alerta. Dio un paso hacia atrás para escapar de aquella situación. Angustiada oyó como unos seres invisibles cerraban la puerta tras de si. Las manos le temblaban mientras buscaba frenética entre sus bolsillos. Al dar con ella se giró bruscamente en dirección a la puerta. Un bulto en el suelo la hizo tropezarse, aquel emitió un lúgubre lamento de ultratumba.
Sara tanteo la puerta con las dos manos, pero aquella ya no tenía el antiguo tacto de madera. Sus manos estaban tocando una especie de puerta de piedra con abigarrados relieves, su textura era áspera, rugosa…
Una densa hiedra se proyectó sobre las paredes de la casa. Con la respiración entrecortada, Sara alzó la mirada hacia arriba, comprobando estupefacta que podía ver las estrellas. Unos rústicos hachones iluminaron misteriosamente la  estancia. De súbito se oyeron risas y música por doquier. Una multitud desconocida parecía disfrutar de una curiosa fiesta. Sus ropajes eran atípicos ligeros y  exóticos como si pertenecieran a otra época. Una amplia variedad de colores embellecían sus atuendos: dorados, negros, plateados, verdes, burdeos... Hacía calor… la joven se desabrochó un par de botones de la camisa. Unos bailarines irrumpieron en escena sus cuerpos musculados brillaban tenuemente bajo la luz de las antorchas. Danzaron al ritmo de la música bajo la luz de la luna. Sara hipnotizada siguió el desarrollo de la danza. Se fijó en sus torsos desnudos, sus dorsales, sus recios pectorales. En la sinuosa cadencia de sus movimientos varoniles. Sus pieles  de color canela parecían realzadas por sensuales aceites. Magnetizada y enfebrecida por la fuerza de los tambores se dejó llevar… dedujo que quizás todo aquello no fuera más que un simple sueño erótico. Sintió el deseo de unirse a la danza junto a ellos, aquel deseo fue en aumento, le urgía a liberarse de torpes ataduras, a ser una diosa de la danza… Al instante se vio transportada mágicamente hasta el centro de la sala. Todo parecía tan irreal, tan confuso…





Todas las miradas convergieron sobre ella. Su ropa informal se había esfumado, su nuevo atuendo era diametralmente diferente ahora. Una breve falda dorada, se adaptaba a sus caderas lánguidamente y una blusa de similares características, dejaba al descubierto su atractivo ombligo. Deslizó su mano sobre ese curioso e inusual  tejido. Era fino, emitía un leve fulgor. Notó un suave cosquilleo sobre las yemas de sus dedos al rozarlo. No parecía un material por ella conocido. Se asemejaba más a una  energía, que envolvía sinuosamente su cuerpo. Sugiriendo, en vez de ocultar. Unas diminutas piedras preciosas de color verde, adornaban blusa y falda caprichosamente.
Se escuchó una música de tambores, flautas e instrumentos inusitados… Junto a ella hombres y mujeres, comenzaron a bailar, bajo un ritmo salvaje.
Sara titubeo unos instantes, algo desorientada. Segundos después, la música fue apoderándose de su cuerpo, de nuevo. Sus caderas se movieron al ritmo desenfrenado de los tambores. Con cada giro que ella daba, dejaba al descubierto sus firmes y torneados muslos. Su cuerpo seguía una exótica coreografía, una antigua danza, de un remoto lugar… Sintió placer bajo sus pies, al pisar la fina y cálida arena, una y otra vez, sin importarle su procedencia. Deleitándose con cada momento, que aquella ocasión le brindaba.
Cuando la música hubo cesado, de entre la multitud surgió un hombre de cabello oscuro y ojos azules. Sus rasgos eran alargados. Alto, cautivador, avanzaba hacia ella, con una pícara sonrisa…  Llevaba el torso desnudo, la complexión de su anatomía era fuerte. Podría haber pasado por un bailarín más. La única prenda que portaba, era un pantalón largo, de color ambiguo. Ya que según incidía  la luz sobre el,  se asemejaba unas veces al negro y otras al gris antracita. Mientras, el público enardecido, reclamaba una actuación más.
-Bienvenida Sara – Dijo aquel desconocido. Sus ojos, parecían estar acariciándola con la mirada, su voz era agradable, de tono grave.
-Gracias ¿Quiénes sois? – Repuso ella, correspondiendo a su sonrisa. Se sentía atraída hacia aquel hombre. Su aspecto, su voz, no podía dejar de mirar sus ojos. De percibir su embriagador aroma de maderas del bosque, de almizcle…  que parecían magnetizarla. Su sola presencia le producía placer, dicho placer ascendía en oleadas desde su sexo incitándola  a algo más.
-¿Es este tu segundo deseo? – Susurró el desconocido. Acto seguido humedeció sus labios seductora y perezosamente con su lengua. Era consciente del poder que ejercía sobre su interlocutora. - Uhm…. No sería cortes, será el mío entonces…
- Agregó, pronunciadas dichas palabras, su pícara  sonrisa  se trocó en una mueca triste. Las púpilas de Sara se dilataron un poco más, sin saber que decir, guardó silencio.

 – Los que tienen la mala suerte de cruzarse en mi camino, me conocen como
el señor de lo sueños. Sin embargo yo fui un día, un simple mortal como tú. Mi vida era fácil, holgada era el primogénito de una familia poderosa. - Comenzó a narrar el desconocido. Sus ojos miraban más allá, como si pudieran contemplar un mundo, que ya sólo moraba en realidad, en sus recónditos recuerdos.
El clima era tenso, todos observaban guardando un silencio casi reverencial el nuevo desenlace de los acontecimientos. Dos jóvenes de mediana estatura se acercaron con cautela, eran bellas de rasgos proporcionados sus pieles brillaban tenuemente bajo sus ligeras túnicas blancas, poseían andares felinos. Sus cuerpos parecían haber sido untados, con aceites de suaves matices dorados. Llevaban dos copas de cristal, permanecieron sigilosas a unos escasos metros. Sara las miró interrogante, percibiendo al hacerlo, como ellas se hacían secretas confidencias de manera furtiva.
 –Todo lo que yo deseaba lo conseguía. Un aciago día fui demasiado osado en mis pretensiones. Robé un libro mágico, de los aposentos de mi padre, uno de los más renombrados magos de aquellos tiempos. Posteriormente fui creando mis propios conjuros, jugando con la vida y la muerte. Con el espacio y el tiempo. Aquella nueva afición se convirtió en un hábito para mí. Reconozco que alguna vez erré en mis cálculos.- Reanudó  su discurso exaltado tras una breve pausa, sus ojos brillaban con pasión. Sara seguía con atención cada palabra que brotaba de sus labios. Su corazón le latía cada vez más rápido. Hacía unos instantes, había desechado que dicha experiencia fuera un sueño. Quería escapar de allí, huir.  ¿Pero cómo?
Ajeno a los pensamientos de su silenciosa invitada continuó con su discurso. - A los oídos  de mi padre llegaron rumores de gentes envidiosas. En una ocasión, sus dudas se convirtieron en certezas. No valieron los ruegos, no sirvió de nada que yo fuera su hijo. Poseído por una ira vehemente me condenó.
- ¿Sólo por robar un libro de magia?- Indagó Sara, cuando el desconocido volvió a depositar su dulce mirada sobre ella. Ya no parecía el mismo hombre, ahora se mostraba abatido, atormentado por el sufrimiento.
-¿Sólo por robar un libro? No, no creo que fuera por aquella nimiedad.- Comentó con una triste ironía, dejando el ambiente enrarecido de incertidumbre.
El pánico inicial que Sara había sentido fue metamorfoseándose a su pesar, hacia otros derroteros. - Estoy condenado, atrapado dentro de esa maldita piedra negra. Cada cierto tiempo, cuando se dan unas determinadas conjunciones planetarias… La piedra emerge a la realidad, deteniendo su sombrío peregrinaje. En ese momento quedo libre y se me otorga  el poder de conceder tres deseos.
-¿Y toda esta gente que te acompaña? – Resaltó Sara, mientras contemplaba inquieta aquella multitud que permanecía vigilante. Él guardó silencio, Sara le sostuvo la mirada impaciente. Al cabo de unos segundos, los generosos labios de aquel desconocido, se convirtieron en el segundo foco de su atención. De manera fugaz cierta complicidad comenzó a fraguarse entre los dos
-¡Que curiosa eres!  Estas abusando de mi primer deseo. - Susurró el desconocido recobrando su original sonrisa. Aceptó una pequeña fuente plateada rebosante de uva negra, de las manos de una de las bailarinas, para ofrecérsela casi al instante  a su invitada.



Sara aceptó, cogiendo algunos granos de uva del racimo ofrecido. Saboreó con fruición aquel inesperado manjar, su delicada piel, que estallaba dentro de su boca, inundándola de frescor y dulzura. Se sonrojó ligeramente, al notarse fijamente observada por  el señor de los sueños.
-¿No me vais a contestar? – Le espetó, algo ofendida por el terco mutismo en que parecía haberse estacionado él. Tras un embarazoso silencio, con gesto taciturno, el señor de los sueños se vio forzado a responder.
-Todos los que ahora me acompañan, cometieron un error. Repitieron un deseo proferido en el pasado por otra persona. Sus vidas se detuvieron en aquel instante, se vieron obligados a seguirme. Dejando tras de si, familia, amantes y amigos. La única ventaja obtenida por ellos, es la de no envejecer.
Ahora tú, eres la que debe de revelarme su segundo deseo. Antes de que el sol se oculte, tras las montañas.- Le apremió. A su espalda emergió la misteriosa piedra negra. Sara estupefacta presenció como aquella se transfiguraba. Convirtiéndose finalmente en un sombrío trono oscuro, plagado de símbolos antiguos, inextricables para ella.
El señor de los sueños se sentó con naturalidad sobre el. Como si dicho ritual hubiera sido repetido hasta la saciedad.
-¿Cómo que mi segundo deseo? ¡Aún no te he comunicado el primero! -Exclamó inquieta… Le sudaban las manos, miró a su alrededor… Descubriendo al hacerlo, un público que parecía gozar con el espectáculo. Captó miradas cómplices, subrepticias sonrisas, burlas enmascaradas, comentarios emitidos a media voz. Sara supo leer entre líneas. La traviesa sonrisa del señor de los sueños la indignó. – Eso no fue un deseo…
-¿Estás segura de ello?- Repuso él, al tiempo que se removía en su trono. -Yo creo que si lo fue, aunque no lo pronunciaras de manera abierta. Capté otros   pensamientos tuyos… lástima que no fueran tan intensos.- Le reveló dibujando una tenue sonrisa sobre su rostro. - Debes decirme 2 deseos más, antes de que el sol se oculte tras las montañas, si no te veras obligada a compartir mi destino.
-¡Pero si ya es de noche, mira las estrellas! –Objetó Sara alzando la vista.
-Ah eso… no es nada, sólo es una ambientación teatral. ¡Mira! ¿Ves? –Le aclaró haciendo que la oscuridad se trocara en luz, con un  simple gesto de su mano. - Yo personalmente prefiero la oscuridad, la luz de las estrellas. – Agregó, provocando que la noche volviera a retornar.
-Un alud de pensamientos caóticos se agolparon sobre la mente de Sara. La joven  permanecía  ahora silenciosa, en el centro de la sala. Bajo el implacable análisis de todos aquellos extraños. Recordó las palabras de la niña “Busca su punto débil…” Pero… ¿Cómo juzgar a alguien a quien apenas se conoce?
-Necesito reflexionar….
-Haces bien. Te abriré un pequeño portal hacia tu realidad. Para que observes con atención como se acerca tu sol al ocaso. - Acto seguido susurró un conjuro hacia una de las paredes. Las hojas de las hiedras se retiraron fieles a su mandato. Los sólidos muros de su casa se volvieron transparentes. El señor de los sueños había creado una pequeña ventana al exterior, desde la cual poder observar el implacable discurrir del tiempo…



Sin darse apenas cuenta de lo que hacía… Anheló saber, lo hizo con tal intensidad que le fue concedido su segundo deseo. Un aluvión de imágenes arribaron a su mente. Escenas de otros tiempos, de lugares lejanos exóticos. La vida del señor de los sueños discurrió ante sus ojos. Desde su niñez, hasta convertirse en un adulto ya formado. Vio a un niño de tierna edad, enfrentarse a las aguas embravecidas, para salvar a un pequeño cachorro. Lo descubrió valiente, gallardo junto a sus soldados, defendiendo sus tierras. Cuando volvió en si, Sara se dio cuenta de que estaba llorando en silencio. Emocionada profundamente, por los sentimientos que la habían embargado hacía tan sólo unos instantes.
El señor de los sueños se levantó, muchos intentaron distraerlo con sus diálogos banales. Él los obvió deliberadamente. Sin embargo, su comportamiento no estaba basado en la altanería. Simplemente estaba hechizado por aquella mujer, que había irrumpido en su vida. Cuando llegó ante su presencia la miró con dulzura, acarició con delicadeza su mejilla con el dorso de su mano.
-No llores por mí, no merezco tus lágrimas. - Le susurró el señor de los sueños a escasos centímetros de sus oídos. –Aléjate de mí, no quiero arrastrarte a esta vida errante. - Añadió apesadumbrado. Su voz grave y seductora reverberó caprichosamente sobre su cuerpo. Provocando una reacción inusitada sobre su ser.
-No digas nada más – Le advirtió Sara, colocando traviesamente su dedo índice sobre su boca, para que este se callara. Él sorprendido bosquejo una sonrisa. Ella le acarició la nuca sus dedos se enredaron en el nacimiento de su pelo.
-No me quieres escuchar… – Murmuró el señor de los sueños confuso y excitado al notar la tersura de sus pechos sobre su piel.
-No – Susurró ella, después humedeció sus labios. Sus mejillas arreboladas le conferían si cabe aún más belleza. El color de sus labios parecía ahora iluminado, por un suave tinte color burdeos. Acto seguido deslizó sus dedos sobre la boca de él, recorriéndola sinuosamente ejerciendo una leve presión. Sintiendo con deleite su volumen, su carnosidad, su cercanía, su aroma y su respiración.  Ella exploró sus dorsales, sus hombros, sus pectorales, sembrando de besos su fuerte anatomía.
Las manos de él descendieron por su espalda, bajando lentamente hasta desembocar en el talle de su delicada cintura. Luego besó sus  hombros, primero uno luego el otro eran cálidos. Desde la base de su cuello fue ascendiendo hasta sus labios alternando al hacerlo besos y suaves mordiscos. Entreabrió su blusa y  lamió sus pechos jugueteando con sus  sonrosados pezones pequeños y prietos. Cada vez que este la besaba oleadas de placer estremecían su cuerpo provocando ahogados gemidos,  que lo instaban a seguir descubriéndolo.  La pasión los fue envolviendo… se besaron una y otra vez olvidándose de todo.
-Ven conmigo – Le dijo el señor de los sueños mientras le ofrecía su mano. Ella la aceptó  cogiéndolo después  por la cintura. La condujo hasta un lugar paradisiaco. Ya no estaban rodeados de extraños, amándose. Ya no se oían respiraciones entrecortadas y risas por doquier. Tan sólo estaban ellos, era un día de primavera, una brisa  mecía sutilmente los cabellos de Sara. El aire estaba saturado de aromas de yodo y salitre. Los dos iban descalzos, aproximándose gradualmente hacia una pequeña cala.
-Es mi lugar preferido – Le reveló él, describiendo un gracioso y elegante arco que asemejaba abarcar el lugar.
-¡Es maravilloso! –Exclamó ella. Le sorprendió la ubérrima naturaleza. El agua era transparente, se podía ver con claridad diáfana,  las diminutas y coloridas piedrecillas del fondo…


De súbito un breve pensamiento ensombreció la actitud de la joven
-¿Por qué me has traído hasta aquí?- Preguntó inquieta
-Quería hablar contigo…. – Le aclaró lacónicamente
-Yo en cambio, preferiría seguir amándote  – Objetó Sara con picardía, depositando un lento y generoso beso sobre sus labios. Este es un lugar idóneo para ello – Agregó de forma seductora.
-Ahora no…. Pero cuando se acabe el tiempo estipulado, te arrepentirás de no haber aprovechado tu oportunidad. - Le advirtió el señor de los sueños mientras le acariciaba unos mechones de su rebelde cabello.
 El agradable entorno que los había acogido comenzó a perder corporeidad retornando a su anterior aspecto. Los dos volvían a estar de nuevo dentro de la gran sala.
-¡No otra vez no! – Bramaban algunos hombres y mujeres desesperados… Al comprobar que su apariencia física comenzaba a difuminarse en el aire. Siendo arrastrados hacia el centro de la piedra negra de forma ineluctable. Como si esta en verdad, fuera un curioso y singular vórtice.
Sara se sintió mareada, antes sus ojos la gente se transformaba en meros jirones de energía. Vio caras desconocidas transfiguradas por el horror gritando, otros en cambio aceptaban su sino en silencio resignados.
Aquella situación era injusta, nadie  merecía semejante castigo…Pensó Sara
Un ligero temblor sacudió su cuerpo Tenía miedo de verse doblegada hacia ese triste final. No era lo que ella se había imaginado… El corazón le latía desenfrenado. Su rostro estaba  lívido por el horror. Consciente de su situación intentó serenarse para superar la adversidad... No podía repetir ningún deseo anterior, debía de ser original, decir  algo que nadie hubiera anhelado antes.
<<Deseo no haberte conocido nunca.>> Pensó vertiginosamente, descartando aquella idea al instante. No podía traicionarse a si misma, ya que lo amaba... Además decenas de hombres y mujeres ya habrían proferido dicho deseo en el pasado. La piedra negra cumplía sigilosamente su labor de manera implacable en  un segundo plano. El 80% de los que anteriormente habían abarrotado la sala  ya no estaban.
-¿Lo sabes ya?- Indagó con preocupación el señor de los sueños. – ¡Ya no queda tiempo! – Exclamó angustiando en un punto más álgido a su compañera.
Una luz comenzó a dibujarse en su mente. Recordó las palabras de aquella niña  “Su punto débil….”
Miró de nuevo a su alrededor. Perpleja  comprobó que solamente quedaban ellos.
El señor de los sueños la abrazó con dulzura. Una honda tristeza se reflejaba en su semblante conciente de lo que iba a ocurrir. El cuerpo de él comenzó a desvanecerse ante sus  ojos. Sin embargo algo brotó de sus labios, palabras que resultaron inextricables a sus oídos.
-¡No! - Gritó desesperada al ver el terrible trance en el que se hallaba su amado. – ¡No! – Volvió a gritar llorando entrecortadamente, cayendo al suelo impotente y desmadejada como una muñeca rota.
 A pesar de todo la luz del raciocinio pugnaba por abrirse paso a través
de su mente  atormentada.
-¡Ya sé cual es mi deseo! – Gritó hacia la estancia vacía mientras se incorporaba.
-¿En serio? ¿Y cuál es tu anhelo más profundo? Pobre mortal…. - Repuso una voz de ultratumba.
Sara contempló con osadía a la sombra negra que se iba proyectando sobre su cuerpo envolviéndola. Reclamándola como un animal depredador  acecha a su presa ante otros rivales. No obstante hubo un momento durante el cual el  ente oscuro aflojó parcialmente  la presión ejercida sobre su cuerpo…

-¡Sé quien eres! – Exclamó la joven.
-Ja ja ja – Rió la sombra negra. -Umm…. Veremos… – Replicó jactancioso seguro de su poder.
El frío atenazó el cuerpo de Sara pese a ello la joven se encaró  hacia el espectro situado  frente a ella. Obvió sus  afilados comentarios que pretendían menoscabar su espíritu.
-Creo que sólo estas intentando ganar unos pocos segundos de vida. - Opinó la sombra agarrando su mano con violencia. Riéndose  después  al leer el pánico reflejado sobre su semblante. Era este un miedo  primitivo. Brotaba salvaje al presenciar impotente  cómo su cuerpo se iba disolviendo parcialmente de manera incomprensible.
-¡Usted  es su padre el hombre que lo maldijo! – Le reprochó Sara. La joven estaba agotada, cada palabra emitida por su garganta le suponía un enorme esfuerzo. El espectro detuvo su avance. A su vez el cuerpo de Sara recobró su carnalidad  perdida. Se sintió  parcialmente aliviada, ya que el terror aún seguía oprimiendo su cuerpo. Había aceptado y desechado múltiples deseos, se sentía desorientada confusa…
-Así es Sara – Aseveró el espectro, demostrando al hablar cierta vacilación,  parecía sentirse contrariado.
-¡Deseo que vuestro talento sea grande en el pasado! - Pronunciadas dichas palabras el espectro desapareció vertiginosamente de su campo visual. Al igual que  el contenido foráneo que había invadido su casa. Sin embargo algunas volutas… o jirones de luz fueron más perezosos para emprender su partida. Se quedaron suspendidos en el aire tan sólo unos segundos más… Para correr finalmente el mismo destino.
El sabor de la victoria le resultó agrio. Todo había vuelto a la normalidad, ya no había ninguna piedra negra en el centro de la sala, ni tampoco misteriosas hiedras que treparan por sus paredes sinuosamente. La puerta había recobrado su apariencia…
La joven se sentó sobre el sofá azul, dejándose caer abatida. A sus pies dormía placidamente su perro. Dos pitidos de su móvil la volvieron con rudeza a la realidad. Escuchó su buzón de voz con apatía. Era su novio posponiendo una vez más la cita acordada con una nueva excusa,  si cabe aún más absurda que la anterior. Quizás fuera cierto lo que algunos le habían advertido…. Decían que salía con otra mujer… Sara inspiró profundamente pensó en llamar a algunas de sus amigas y narrarles todo lo que le había acontecido. Vaciló ante el teléfono negro que estaba situado frente a ella sobre la  pequeña mesa de cristal, sin saber que decisión tomar. Finalmente desechó  aquella idea ya que supuso que habría demasiadas posibilidades de ser tildada de loca.
Unos fuertes golpes sesgaron la tranquilidad de la noche.
-¡Que salvaje! ¿No sabrá que hay timbres? - Espetó indignada hacia un oyente imaginario.
La ira que se había apoderado de su mente se tornó en alegría al abrir la puerta. Era el señor de los sueños.
-¿Por qué llamas a las puertas si eres mago?- Bromeo Sara
-Por guardar las formas. – Comentó él al tiempo que la abrazaba.
-¿Cómo lo lograste? – Indagó ansioso por saber la razón de su comportamiento. Besó su frente  después su boca con placer recreándose en el volumen de sus seductores labios  una y otra vez mientras  acariciaba su rebelde cabello y su voluptuoso cuerpo. Acto seguido los dos franquearon el umbral de la casa.
-Supe que tu padre había sido un famoso mago en otro tiempo. –Comenzó a narrar la joven. - Pero deduje que a pesar de ello él no había sido brillante como tú. Su maestría se debía a su gran perseverancia y a su dedicación. Si él hubiera poseído el talento necesario, no se habría quedado atrapado dentro de su propia maldición. –Opinó Sara mirando fijamente al señor de los sueños, que mostraba una expresión casi glacial. – El castigo fue desproporcionado. La ira se apoderó de su mente al comprobar que era superado con facilidad  por un joven aún inexperto. Alguien que era capaz de crear conjuros superiores a los suyos. Tuvo envidia de ti y esta lo arrastró a la demencia a la sinrazón maldiciéndote para liberarse de tu presencia. - Le confesó de forma precipitada, extrañada por su curioso mutismo y por la expresión de su rostro. -¿Estás bien?
-Sí estoy bien. – Le contestó tras una ligera pausa. - He llegado a conocer a cientos de hombres y mujeres a lo largo de los siglos. Ninguno de ellos mostró el más mínimo interés ni por mí ni por el resto de mis compañeros de viaje. Tú fuiste la primera eres única- Le confesó, ella le sonrió complacida. Justo en el momento  en que iba a corresponder a sus palabras el colocó   traviesamente su dedo pulgar sobre sus turgentes labios sintiendo  al hacerlo su delicada piel. –Espera tengo de sed de tus labios. - Añadió desconcertándola, ella se ruborizó  ligeramente, no obstante se acercó un poco más.
-Yo también – Le respondió  ella depositando un cadencioso beso sobre su boca.
-Ummm… Dime una cosa…. -Comentó Sara
- ¿Qué quieres saber?- Indagó él a su espalda retirando su cabello a un lado para besar su cuello.
 Mientras el mastin de la joven rezongaba molesto por el visitante. Permanecía alerta a cierta distancia. Ladrándole en algunas ocasiones de forma aleatoria, recordándole que era  un extraño.
-Si tú también podías pedir tres deseos… ¿Por qué no te liberaste? - Opinó Sara girándose hacia él.
-Pude metamorfosear la maldición de mi padre pero no anularla. Sólo una persona proveniente del exterior podía romper el maleficio esas eran las reglas.  Mis deseos estaban limitados sesgados hasta cierto punto, eran débiles. Debía cumplir las condiciones establecidas… - Le aclaró observando como la joven asimilaba sus palabras.
-No te pude oír… ¿Qué fue lo que dijiste en el último instante?
-Utilicé un lenguaje arcano y antiguo. Mis palabras fueron “Deseo volver junto a mi amada.” - Se sinceró abrazándola después con pasión.


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